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Impresiones: la memoria educativa del papel

Editorial del Director General de Cultura y Educación de la provincia de Buenos Aires

“La verdadera patria del hombre es la infancia”.

Rainer Maria Rilke

En la niñez están los recuerdos más nítidos. Esas memorias han borrado los detalles menos importantes: quedan, entonces, como una nostalgia, los espacios abstractos que se han salvado del olvido. No hay ninguna enciclopedia que pueda recuperar el total de lo vivido o, si existe esa literatura, está más allá de la voluntad de los hombres.

Recuerdos de Provincia (1850) se inscribe en esa propiedad, en esa capacidad e incapacidad de traer de la memoria lo irrecuperable. Por eso, subyace en la obra de Domingo Faustino Sarmiento solo la verdad memorizada y luego escrita. No hay desatinos ni escamoteos. Allí todo avanza hacia atrás y de atrás para adelante: todo es, en definitiva, vívido y esencial.

“Mis Recuerdos de Provincia son nada más que lo que su título indica. He evocado mis reminiscencias, he resucitado, por decirlo así, la memoria de mis deudos que merecieron bien de la patria, subieron alto en la jerarquía de la iglesia y honraron con sus trabajos las letras americanas”, escribe el maestro sanjuanino.

He ahí un signo y un significado. Deseosos de contar con la plástica de su pluma, muchos de nosotros imaginamos contar la infancia y su limitada patria como lo hizo Sarmiento. No para la posteridad, sino para cumplir con el vanidoso afán personal de referir que cada vida es única y por esa condición merece ser dada a conocer.

Ese es el signo, el signo de generaciones de argentinos que aman a su terruño, a su ciudad, a su provincia y a su país, y en ese escenario quieren colocar sus experiencias. Experiencias que recuerdan y expresan en un escrito imaginario que se completa con el hijo y el árbol. No todos lo hacen, los menos lo hacen, aunque es derecho universal –o debiera serlo– rememorar, siempre rememorar.

Allí a lo lejos está la precipitada certeza con que respondemos hoy a las preguntas profundas. Son memorias sensibles, marcadas a fuego. Rastros del pasado, apenas rastros. Son fuerzas reguladoras de lo que somos y, tal vez, de lo que podríamos haber sido. Nunca lo sabremos del todo.

El símbolo es el libro. Símbolo inaugural de la Historia. Historia, libro y patria, símbolos de nuestra esencia, que hombres como Sarmiento alimentaron de ideas. En este vertiginoso siglo XXI, es curioso, las ideas y los libros perduran. Cambian su formato original, pero no perecen. Es acertado decir que “las ideas no se matan” y también que no mueren.

Mi lugar en el mundo es la biblioteca. Siento la gravitación de los libros. Y allí, en extraña paradoja, donde busco la paz del grato recuerdo, hay veces que encuentro que el olvido no es una forma de alivio, sino extraña y aguda presión por conocer un poco más.

Por eso, la aparición de un nuevo número de la revista Anales de la Educación común, menos que un acontecimiento literario es un hecho social, una respuesta al inquieto saber, una producción impostergable en los días en que celebramos los 200 años de la Independencia. Es una publicación cuya vida se extiende durante tres siglos, desde su creación en el XIX, pasando por el XX y hasta este XXI.

Quiero agradecer y destacar en esta introducción el apoyo de la gobernadora de la provincia de Buenos Aires, María Eugenia Vidal, quien contribuyó para que esta revista volviera a los lectores también en soporte impreso, y a la tenaz tarea de los integrantes del Centro de Documentación e Información Educativa (Cendie) y de la Dirección Provincial de Planeamiento, quienes nunca dudaron de que –pese a los obstáculos– este ejemplar se podía realizar.

Con la misma gratitud, no puedo dejar de destacar los aportes de Luis Alberto Romero, Claudia Romero, Guillermina Tiramonti, Pablo Scharagrodsky, María Catalina Nosiglia, Silvia Finocchio, Roy Hora, Claudia Shmidt y Fabián Herrero, entre otros.

En este audaz recorrido, además rescato la valiosa presencia de dos de nuestros establecimientos, que nos dejan sus inapreciables vivencias: el Normal Superior de Quilmes y la Escuela Primaria N° 1, bicentenaria, de San Miguel del Monte.

Y como resultado de otras memorias sensibles, quiero expresar mi agradecimiento a los forjadores de la sección “Recuerdos de escuela”, que homenajea al Recuerdos de Provincia de Sarmiento. Se trata de cuatro autores que aún hoy continúan vinculados a la educación y expresan sus diversas visiones: Mariano Muracciole, orientador vocacional de San Isidro, provincia de Buenos Aires; Beatriz Hiriart, tecnóloga que ha recorrido una amplia variedad de formatos escolares como alumna; Konstantina Michalopoulos, ingeniera venezolana, y Sandro Ulloa, docente de Bahía Blanca, también de la provincia de Buenos Aires.

“La historia no marcharía sin tomar de ella sus personajes y la nuestra hubiera de ser riquísima en caracteres, si los que pueden recogieran con tiempo las noticias que la tradición conserva de los contemporáneos”. Así lo vio Sarmiento en su tiempo. Así esperamos que lo vean ustedes, amigos, lectores.

Pág: 9-11

Datos de autor

Alejandro Finocchiaro

Nació el 27 agosto de 1967. Es abogado, Especialista en Gestión Educativa, Magíster en Educación y Doctor en Historia. Es profesor en la UBA y en la UNLaM, donde fue Decano (2004-2011). Fue Subsecretario de Políticas Educativas y Carrera Docente en CABA. Es Representante especial de Argentina ante la Alianza Internacional para la Memoria del Holocausto.1